Conoce la manera más efectiva de guardar un secreto

Ago 13, 2018 | 0 Comentarios

Yosaquu era un joven bondadoso que se ganaba la vida recogiendo leña de la montaña para después venderla en la ciudad. Un día que nevaba y hacía mucho frío, Yosaquu salió como siempre de su casa para vender la leña en el mercado. Con lo que le dieron por la leña, se compró la comida para aquel día. De regreso a casa, oyó unos sonidos muy extraños. Al acercarse descubrió un pájaro que estaba prisionero en una trampa y, compadeciéndose del ave, la liberó, momento en que el pájaro voló con gran alegría.

Yosaquu llegó a su casa, prendió la chimenea y se dispuso a descansar. En ese momento alguien llamó a su puerta. Al abrir vio con sorpresa que era una joven preciosa, tiritando de frío. Yosaquu la invitó a pasar para que se calentase y tomase un tazón de sopa. Durante la cena, la joven le dijo a Yosaquu que se dirigía a visitar a un familiar que vivía cerca de allí.

-Es de noche –dijo él mirando por la ventana-. Podrías quedarte aquí a dormir.

-¿No seré una molestia?

-Me gustaría. Soy pobre y no tengo ni cama ni más que ofrecerte para cenar.

-No me hace falta –dijo ella.

-Entonces, puedes quedarte, si lo deseas.

A la mañana siguiente, cuando despertaron, ambos se sentían muy felices al haber compartido la compañía del otro. Al cabo de un rato la chica se preparaba para marchar y Yosaquu vio que nevaba mucho y la invitó a quedarse hasta que escampase, pero he aquí que nevó durante tres días seguidos, que son los que pasó la chica en la casa.

Conforme pasaban los días, la pareja fue entablando amistad hasta enamorarse, por eso el día que dejó de nevar, cuando ella estaba a punto de marcharse, Yosaquu le pidió matrimonio y ella aceptó.

Pasaron los meses y la pareja llevaba una vida tranquila y feliz, hasta que un día la esposa de Yosaquu vio que su marido lloraba amargamente. Al preguntarle por el motivo, él dijo que eran muy pobres, cada vez más, y que el bosque donde él recogía leña se había quemado. Como resultado de ello ya no podría cortar leña ni venderla en el mercado. En ese momento la esposa le pidió que fuera al mercado y le comprara hilos de seda de colores. Tejería una tela que su marido podría vender en la aldea.

Mientras Yosaquu compraba los hilos, su esposa, Otsuru, se quedó en casa preparando el telar y cuando tuvo los hilos se encerró en una habitación y le pidió a su marido que no entrara mientras ella trabajaba.

Otsuru pasó tres días tejiendo sin salir de la habitación, sin comer ni dormir. Cuando terminó, salió de la estancia y le mostró a Yosaquu el tejido. Era fino y delicado, combinaba colores y tonalidades de una manera increíble. Parecía imposible que unas manos fuesen capaces de crear un tejido de esa belleza.

-¡Qué tejido tan bonito! ¡Es una maravilla! –exclamó Yosaquu.

-Podrías venderlo en la ciudad y sacarías mucho dinero –le dijo Otsuru.

Yosaquu fue a la ciudad para ofrecer a los señores ricos el precioso tejido. El rey, que paseaba por el mercado, lo vio y lo quiso comprar. Le ofreció mucho dinero a Yosaquu, que volvió a casa muy contento y le dio las gracias a su esposa, aunque le dijo que el rey quería más tejido como aquel.

-No te preocupes –dijo Otsuru-, ahora mismo me pongo a tejer más.

Tardó cuatro días en tejer y, como la vez anterior, estuvo sin comer ni dormir. Al finalizar su trabajo salió de la estancia con aspecto de fatiga y una preciosa tela entre las manos:

-Ya lo he acabado, pero es la última vez que lo hago.

-Conforme –dijo Yosaquu-. No quiero que enfermes de tanto trabajar.

Yosaquu llevó el tejido al rey, quien le pagó muy bien. Pero al mirar la pieza le pidió varios metros más para el quimono de su hija, la princesa. Yosaquu le explicó que era la última pieza que vendía, que era imposible que se hiciera más, pero el rey amenazó con degollarlo si no le vendía más tejido.

Cuando llegó a casa, Yosaquu le explicó lo que había ocurrido a Otsuru y le pidió que por favor tejiera otra pieza. Otsuru aceptó el encargo y se encerró en la habitación a tejer como las otras veces. Pero pasaron los días y Otsuru no salía de la estancia. Yosaquu estaba muy preocupado por Otsuru, que estaba débil y delgada pero trabajaba sin parar, de manera que decidió entrar en la habitación para llevarle comida, y entonces vio una cosa sorprendente: un precioso pájaro que tejía con sus propias alas. El pájaro se giró y al ver a Yosaquu se transformó en Otsuru. Yosaquu no podía creer lo que veían sus ojos.

-¡Has descubierto mi secreto! –dijo Otsuru-.

Yo soy el pájaro al que un día ayudaste a liberarse de la trampa, pero ahora que has descubierto mi secreto tendré que ir; esa es mi condena.

Y cuando había acabado de decirlo, Otsuru se transformó otra vez en el pájaro y salió volando por la ventana.

Yosaquu empezó entonces a gritar llorando:

-¡¡¡Espera, vuelve, por favor, vuelve!!!

Pero el pájaro ya había alzado el vuelo.

 

 

 

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