Te dejará pensando sobre las mentiras que te hacen Feliz y las verdades que te hacen Infeliz

Ago 2, 2018 | 0 Comentarios

Hace muchos siglos vivió en Japón un matrimonio que tenía una niña. No eran ricos y vivían del cultivo de un terreno que rodeaba su casa, pero hubo un año que las inclemencias del tiempo perjudicaron a la cosecha, y Rokuro, pues así se llamaba el marido, tuvo que abandonar a su esposa y su casa y también la aldea para buscar un trabajo. Rokuro pasó largo tiempo fuera y cuando volvió lo hizo con dos regalos, uno para su hija Junco y otro para su esposa Emi. A la niña le llevó una muleca y a la mujer, un espejo de bronce plateado. Cuando Emi tomó el espejo en sus manos, lo hizo desconcertada, pues se trataba de un objeto desconocido para ella. Quedó fascinada y sorprendida cuando al mirarlo vio reflejada en él a una joven y alegre muchacha a la que no conocía.

-Míralo y dime qué ves dentro –le preguntó su marido.

-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme. ¿Quién es esta mujer…?

El marido rió mientras le decía:

-¿No te das cuenta de que este es tu rostro? El objeto que tienes en tus manos se llama espejo y en la ciudad es algo muy corriente.

Emi se quedó encantada con aquel regalo, jamás había visto su rostro con aquella claridad. Lo intuía cuando puntualmente se reflejaba en las aguas, pero aquella nitidez era distinta. Estaba tan encantada con su espejo que lo guardó con sumo cuidado en una cajita metálica. Como lo consideraba un objeto misterioso, solo de vez en cuando lo sacaba para contemplarse.

Pasaron los años y Emi enfermó. Era un duro invierno, y eso sumado a su salud frágil le hizo entender a la anciana que su hora se acercaba. Fue entonces cuando sacó el espejo de la caja en la que lo había guardado siempre y, sonriendo, se lo dio a su bella hija, que por aquel entonces se había convertido en una joven de parecido extraordinario al de la madre, diciéndole:

-Pronto dejaré este mundo, pero no te entristezcas. Debes prometerme que mirarás este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque lejos, siempre estaré velando por ti.

Cuando Emi murió, su hija Junco, que hasta ese día no había mirado el espejo, abrió la caja y lo contempló. En efecto, allí estaba su madre, que la miraba hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; jamás dudó que el rostro reflejado no fuese el de ella.

Un día el padre la sorprendió en la ventana mientras murmuraba al espejo palabras de ternura.

-¿Qué haces, querida hija? –le preguntó.

-Miro a mamá. Fíjate en ella, no se la ve pálida ni cansada como cuando estaba enferma, parece más joven y sonriente…

El padre quedó tan impresionado y emocionado que dudó sobre si decirle la verdad a su hija. Al final consideró que era bueno que supiera que aquel objeto que la hija tenía por mágico en realidad era un espejo, y así lo hizo.

Cuando Junco supo la verdad, entristeció tanto que a los pocos días murió de pena. Se sentía tan vacía al comprobar que su madre jamás había estado en el espejo, que nunca había escuchado sus palabras y que ella siempre había estado sola, que no encontró energías para seguir viviendo.

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