Qué curioso el final de este relato, Sí que las apariencias engañan!

Sep 19, 2018 | 0 Comentarios

Muchos años atrás, una noche despejada y clara, dos porteadores de palanquín regresaban a su casa tras haber dejado a un cliente en una posada. Ya era tarde y hacía rato que se había puesto el sol. Estaban a punto de llegar a sus domicilios cuando fueron detenidos por una bella mujer que les pidió si por favor podían llevarla a un templo cercano. Los hombres la miraron y se dieron cuenta al momento de que las prendas de ropa de la dama, que eran de ricos brocados, estaban completamente empapadas. Los porteadores de palanquín pensaron que tal vez aquella mujer hubiera intentado ahogarse en el mar y que al no conseguirlo había decidido regresar a la aldea e ir al templo a pedir perdón a los dioses por la ofensa cometida.

Una mirada les bastó a los dos porteadores para darse cuenta de que había algo extraño en aquella situación, de manera que casi al unísono le dijeron a la dama que ya habían terminado su jornada de servicios y que por tanto no les era posible atender su petición.

Sin embargo, la dama insistió al tiempo que extraía dos monedas de oro y les decía:

-Y recibirán otra más cada uno cuando lleguemos a destino.

Ambos hombres pensaron que aquella era una oportunidad única. Jamás habían recibido el pago de dos monedas de oro cada uno por hacer un traslado y menos aún considerando lo relativamente cercano que era, de manera que aceptaron encantados.

La mujer se subió al palanquín y a los pocos segundos ambos hombres se dieron cuenta de que la carga era más pesada de lo que habían imaginado. Aunque la dama no era menuda, tampoco parecía pesar tonto, y pese a que sus prendas estaban mojadas y los quimonos eran ya de por sí pesados, ello no justificaba el peso de la carga.

Avanzaron paso a paso de forma decidida hasta llegar a las puertas del templo. Una vez allí, justo cuando estaban a punto de bajar el palanquín para que su pasajera bajase, ella desde dentro les pidió por favor que entrasen y la llevasen al fondo del jardín, justo al lado del pequeño lago central que había en él. Les dijo:

-Una vez allí, podrán marcharse. He dejado dos monedas para ustedes aquí, sobre el cojín. Eso sí, por favor, les ruego que cuando partan lo hagan sin mirar hacia atrás. Soy una dama y tengo mis motivos.

Los porteadores aceptaron el trato; pensaron que en el destino a la dama la aguardaba un amante y por tanto les convenía ser discretos. De manera que entraron en el templo, atravesaron el jardín y la dejaron junto al estanque. Después dieron la vuelta y avanzaron hacia la salida. Pero cuando estaban a punto de cruzar el portón del templo, se detuvieron, miraron hacia atrás y vieron que en medio del estanque se había levantado una gran nube de vapor en cuyo interior había un dragón negro.

Asustados, dejaron el palanquín y fueron corriendo a buscar a un monje para advertirle del peligro. Fueron recibidos por un anciano Maestro que, al escuchar el incidente por boca de los porteadores, sonriendo les dijo:

-No tiene mayor importancia. El dragón, que en realidad es una dragona, es la dueña del estanque. Se había marchado hace unos días a su tierra natal y, al parecer, ha regresado.

Entonces los porteadores de palanquín se apresuraron a buscar la moneda de oro que les había prometido su extraña pasajera. Y encontraron una gran escama, como nunca habían visto en la vida. El dragón la había arrancado de su propio cuerpo para pagar el pasaje. Por supuesto, la moneda que guardaban en su bolsillo también se había transformado en escama de dragón.

 

 

 

 

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